¡Qué buena vida! - Rubén De Michele

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¡Qué buena vida!

Creo que todos tenemos una necesidad innata de contar nuestra historia, y sospecho que mi padre, que no es una persona que se pueda decir muy conversadora, encontró en la escritura su forma de expresarse, su forma de decir “este soy yo y estas son la cosas que me pasaron a lo largo de la vida”.
Horacio De Michele

Prólogo

Debo decir que cuando le mostré los borradores de este libro a alguien muy querido y me preguntó / propuso / instó a que escribiera el prólogo, automáticamente rechacé la idea, porque a pesar de ser muy lector, no me considero muy bueno escribiendo. La cuestión me quedó dando vueltas, de a poco empecé a ilusionarme con escribirlo, y pude ir esbozando algunas ideas.
Creo que todos tenemos una necesidad innata de contar nuestra historia, y sospecho que mi padre, que no es una persona que se pueda decir muy conversadora, encontró en la escritura su forma de expresarse, su forma de decir “este soy yo y estas son la cosas que me pasaron a lo largo de la vida”.
Pero, antes de que me malinterpreten, les aviso que esto no es una autobiografía. Este libro está formado por muchas historias, sueltas, independientes, pero que tienen un hilo conductor imaginario. Son relatos ficticios, pero que tienen algún contenido verídico.
Pantallazos que reflejan experiencias, situaciones reales, de personas reales, llenas de sentimientos, con momentos de pasión, de alegría, de drama, de humor… en fin, de lo que se trata la vida.
Un recorrido por una vida dedicada a la familia, al trabajo, a los amigos, que me dejó y me sigue dejando muchas enseñanzas.
¿Ficción? ¿Realidad? Ya no importa, los invito, pasen y lean…
Horacio De Michele
Villa María, 6 de diciembre de 2018

 

Rubén Patricio De Michele

Es oriundo de la ciudad de Villa del Rosario y, tras una prolongada estadía en la ciudad de Oliva, lleva más de 25 años viviendo en Villa María.
Jubilado como electricista, es esposo, padre y abuelo a tiempo completo.
El placer por escribir lo descubrió luego de leer “La metamorfosis” de Franz Kafka, cuando realizaba el secundario para adultos.

 

El pan de cada día

Me gustó siempre mucho más el pan amasado y horneado por mi mamá, pero ahora teníamos el panadero con su jardinera, que pasaba todas las mañanas con medialunas y carasucias.
Un día mi padre consiguió trabajo en un corralón y como siempre fue buen lector estudió de Recibidor de Granos, llegó a estar en eso un par de años y quiso más.
Eran los comienzos de la Radiofonía y se dedicó de lleno a eso, altas horas de la noche eran compañeras de su creciente pasión, con mi madre al lado tejiendo o cosiendo y dándole, de vez en cuando, un mate.
Una vez nos presentó su logro, del que escuchamos voces y un poco de música, hasta el momento en que un humo blanco hizo que se produjera el silencio total del aparato. ¿Sería acaso mi padre el precursor del humo que flota en los escenarios de los festivales? Allá marchó él a revisar y leer instrucciones para subsanar el desperfecto. Aunque siempre esperé el humo blanco de sus radios, no ocurrió nunca más.
Con el paso de los años y su perseverancia llegó a ser un exitoso y apasionado por la Electrónica. Desapareció la ventana de la primera habitación y se colocó una puerta de ingreso a lo que sería su primer negocio, que fue creciendo lo mismo que nosotros.
Recuerdo una tarde en que le ofrecieron un terreno frente a la plaza, le gustó el espacio y, no sin esfuerzo, lo compró. Comenzó a apilar ladrillos y, mediante un crédito, levantó un importante salón donde trasladó su pujante comercio.
Luego de la escuela, mi hermana mayor lo acompañaba hasta el horario de cierre, así se fue interiorizando e interesando por la actividad comercial.
Detrás del salón comenzaron a erigirse habitaciones y, a los tres años, nos trasladábamos a la nueva casa, donde teníamos baño instalado, lavadero, despensa y, al fondo, un garaje, que al tiempo fue estrenado por un Ford “A” con capota de lona.

 

Un buen hombre

Dijo entonces el señor: “yo soy Secundino Algarbe, mi hermano Ramón Jesús fue el que mató a su padre y se escapó de la justicia. Como tenían que encarcelar a alguien, caí yo. No hubo forma de convencer a los jueces de mi inocencia. Hoy, ya libre, he venido a pedirle perdón en nombre de mi hermano, que vaya uno a saber por dónde anda”.
Mi padre pensó un instante y dijo: “acepto su disculpa y, habiendo pasado tanto tiempo, sinceramente no guardo rencor, olvidado está el asunto. Y ahora ¿qué piensa hacer?” 
—Buscaré un asilo donde morir en paz –respondió.
Mi padre caviló un rato y le propuso que se quedara en el pueblo haciendo de sereno en el negocio, que probara durante los tres meses que duraría su ausencia. El brillo de los ojos y el agradecimiento de aquel hombre se notaron inmediatamente.
Desde esa noche pasó a ser, don Secundino, pensionista de las Fonseca, pues tenían una pieza en el fondo del terreno.
No creo haber conocido otra persona más servicial y agradecida que aquel hombre. Al poco tiempo de su estancia en el pueblo el patio de las Fonseca era un vergel. Los domingos era común verlo ayudando en el altar, si alguien llevaba una pesada carga pedía por favor para ayudar.
Se fue haciendo conocido y respetado por todos, y si alguien quería pagarle por el servicio, argumentaba no poder aceptarlo, porque él tenía un empleo bien remunerado como sereno en la casa de electrodomésticos.

 

De Michele, Rubén Patricio
¡Qué buena vida! / Rubén Patricio De Michele; ilustrado por Marta Peretti; prólogo de Horacio Rubén De Michele. -1a ed.- Villa María: El Mensú Ediciones, 2019. 80 p.: il.; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-4189-89-9

1. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Peretti, Marta, ilus. II. De Michele, Horacio Rubén, prolog. III. Título.
CDD A863