Los espejos vacíos - Daniel Teobaldi

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Los espejos vacíos es una novela que posee el sello propio del autor, un fantástico kafkiano cordobés con una marcada influencia cortazariana, en el que el sueño y la vigilia (o la locura y la cordura) no parecen encontrar un límite claro, se difuminan las líneas que los separan y se vuelve todo recuerdo. El recuerdo siempre es desconfiable ante el ejercicio de la memoria, especialmente en Daniel (el protagonista), cuya memoria se encuentra plagada de olvido tras un misterioso problema de salud. En medio de este devenir de incertezas, escribe una novela, cuyo protagonista, el señor Helfter, comienza a cruzarse en su camino. Pero ¿quién es en realidad Helfter? ¿Qué esconde ese enigmático manuscrito en gaélico que irrumpe en su vida inesperadamente? ¿Quiénes son aquellos hombres que lo persiguen? 
El autor logra sostener la intriga, en una narración magistral. Mantiene al lector atento y sumergido en el misterio, cada vez más profundamente, hasta el final. 

Virginia Ventura

 

DANIEL TEOBALDI

Nació en Córdoba en 1962. Escritor y profesor de literatura. Ha publicado numerosos estudios de crítica literaria en el país y en el extranjero. También ha publicado los volúmenes de cuentos: Los oficios inciertos (2000), La otra mirada (2007), Escrito en el aire (2008), El ejercicio del estilo (2017); las novelas: Un lento crepúsculo (2005), El final de la noche (2010), El testigo impenitente (2012), El fulgor de la niebla (2014), La sombra del adiós (2014, 2017). Y el libro de poesía Ser en la Luz (2005).

 

1 (primer capítulo - Los espejos vacíos)

La enfermedad que venía padeciendo me tuvo recluido durante varios meses en sanatorios, clínicas y en mi propia casa. Según los médicos, mi salud mejoraba y tenía buenas perspectivas, siempre que observara las indicaciones que ellos me habían dado cada vez que me atendían. 
Abril salía todas las mañanas a buscar el diario que el repartidor dejaba prolijamente en la puerta de casa, y me lo traía a la cama. Ella se ocupaba de esta rutina doméstica, tratando de evitar que el aire frío de esa hora diera en mi pecho, una de las causas de mi prolongado malestar. El pecho. Y el estómago, también. 
—Todo se concentra en esos dos lugares, mi amigo, me dijo uno de los médicos. Usted debe cuidarse de los cambios bruscos de temperatura y de las comidas. De algunas comidas, no de todas. 
Y volvió la mirada a la ficha que tenía en la mano, observando el extendido historial clínico que venía elaborando, cuidadosamente, con mi paso resignado por varios consultorios. Abril tenía la delicadeza de cuidarme hasta el extremo, atendiendo todo lo que los médicos decían y repetían.
Esa mañana de otoño era fresca y húmeda, como suele ocurrir con las mañanas otoñales en esta ciudad, y el solo abrir la puerta que daba a la calle, producía ese escalofrío tenue, que media entre el tránsito del interior cálido al afuera más gélido.
Abril ya se había levantado y estaba duchándose, como lo hacía todos los días. 
Di un par de vueltas en la cama antes de mirar el periódico. Escuché la voz de alguien que pasaba por la calle, gritando algo a otro. Vi sombras informes, proyectadas en la ventana de la habitación. Pensé que solamente un peldaño me separaba del purgatorio. 
Acaso porque había logrado exiliarme del infierno. 
Acaso porque permanecía en un limbo casero, que me daba algún margen para la libertad.
Abril había salido de la ducha apenas cubierta con un toallón, y venía a vestirse al dormitorio. A pesar del paso implacable del tiempo y de las constantes preocupaciones a las que mi salud la había sometido, Abril mantenía la esbeltez de su figura y una belleza adecuada para la edad. 
Me preguntó si había alguna noticia importante. 
—No leí nada, todavía. 
—Vamos, tenés que darme alguna síntesis, porque se me ha hecho tarde. Y no quiero demorar. 
Su trabajo como traductora era una pasión, que asumía profesionalmente. 
Tomé el periódico y empecé el recorrido por las noticias internacionales. Ella siempre lo hacía así, porque al estar en contacto con una lengua extranjera, los intereses no quedaban reducidos a lo estrictamente local. Necesitaba estar actualizada de lo que ocurría allá, lejos. 
Tenía su estudio de traducción, en el que trabajaba con una médica, una abogada y con Santiago, un joven arquitecto. Cada uno se ocupaba de realizar las revisiones técnicas de las traducciones. 
—Hoy tenemos reunión de equipo, me dijo. Se instalan unos ingleses que van a necesitar traducir manuales y me han pedido el dictado de cursos de idioma, de corta duración, para los empleados. 
Seguí mirando el periódico, sin dejar de atender lo que Abril me decía. 
—Creo que no te interesa demasiado lo que te estoy contando.
—Hago una selección de la información que pueda resultarte útil, le dije mirando el diario. Vienen unos ingleses. Tienen que preparar cursos y traducir manuales. 
—Está bien. No es necesario que rindas examen con lo que te dije. 
Cuando Abril terminó de vestirse me pidió el diario. Siempre hacía una lectura rápida, mientras tomaba su desayuno.
Permanecí unos minutos más en la cama. A esa hora, mi cabeza se mantenía, aún, en un blanco relativo, que habría de ir cubriéndose, progresivamente, con las actividades del día. 
Miré el reloj que estaba sobre la mesita de luz. Me senté y me apoyé en el respaldo sólido de la cama. Los alrededores de la habitación tenían algunos rincones todavía en sombras. 
Tuve la tentación de acostarme nuevamente, pero pensé que debía levantarme. La novela que estaba escribiendo me había dejado inquieto la noche anterior. 
Me levanté y fui a mi escritorio. 
Encendí la computadora y busqué el archivo en el que estaba trabajando. 
Cuando el destello blanco dio lugar a toda esa andanada de letras que guardaban la historia que estaban contando, la felicidad me embargó. Sentía el regocijo de saber que todas las páginas que iba llenando contenían exactamente lo que quería decir. 
Escribía, alentado por la mejoría de mi salud, por la evidente recuperación que iba manifestando día a día, y apoyado por Abril, que conocía, letra por letra, lo que la novela iba revelando: ese oficinista gris que trataba de salir de una situación de agobio escribiendo una novela. Acaso como yo mismo, que estaba saliendo de un momento difícil, y que lo hacía escribiendo mi nueva novela. Las otras que había escrito, ya habían quedado atrás, en un olvido crepuscular, tal vez a la espera de ser releídas, primero por mí. Pero ahora, estaba esta, que me obnubilaba por la novedad y por el tema, que me producía fascinación con cada capítulo nuevo que escribía. Como le ocurre a cualquier escritor, que se entusiasma con lo que está escribiendo. 
Fui pasando las páginas virtuales, que se desplegaban en la pantalla, releyendo lo que había escrito la noche anterior. Había permanecido durante varias horas, intentando resolver de la mejor manera, un momento importante para el protagonista. Ese había sido el desafío para mí: trabajar palabra por palabra, hasta que la página hubiera estado en condiciones de ser cerrada. Mejor aún: estaba terminando de escribir uno de los capítulos más relevantes de la novela. Y no podía descuidar detalles que lo malograran. 
Cuando fui a acostarme, lo hice satisfecho, por saber que había escrito lo que quería escribir. Y ahora, al abrir la página nuevamente, volvía a experimentar ese mismo deleite.
Sabía que, una vez acabada la fase de la escritura, vendría la etapa de las correcciones, y que sería implacable con ellas. Pero tenía la idea de que debía disfrutar ese momento. 
Escuché la voz de Abril que me llamaba a desayunar. Ella había dejado algunas tostadas. Hay café listo, me dijo en un momento en que nos cruzamos en el living, antes de que ella saliera. 
—Me voy, dijo. Levantó el portafolio y abrió la puerta.
—Cuidado con los ingleses, le dije en broma. 
Abril se detuvo y me miró. Por qué me decís eso, me preguntó.
—Porque los ingleses siguen siendo muy seductores.
Abril sonrió y salió.
Desde adentro escuché cómo arrancaba el taxi que la esperaba en la calle.
La casa había quedado en silencio. Apenas se percibía el ronroneo suave de la computadora, que estaba encendida y con la novela abierta, con las páginas que llevaba escritas de la novela. 
Mientras tomaba mi café, trataba de recuperar los momentos en los que me hallaba metido en lo más intrincado de la trama. Sentía una nostalgia liviana. Nostalgia que era mitigada al saber que esa misma mañana habría de continuar con lo que había dejado la noche anterior. 
Esta suave sensación fue interrumpida por el timbre: alguien llamaba desde afuera. 
Cuando abrí la puerta, me encontré con el cartero que siempre nos traía la correspondencia. Como se trataba de una figura conocida, me saludó cordialmente, y me entregó un sobre de papel madera, de color marrón, no muy voluminoso. 
—Me lo dieron así, esta mañana, me dijo.
Miré el sobre. Encontré mi nombre como destinatario, pero no el remitente. 
Recordé que en la oficina de correos no podían entregar piezas sin la mención del origen. 
Al levantar mis ojos para hacer algunas preguntas, las mismas que contenían estas dudas, el cartero ya se había ido. 
Cerré la puerta y entré a la casa con la natural intriga del contenido del sobre. El cortapapeles fue eficiente, como siempre, lo que me permitió rasgar fácilmente ese papel grueso y fibroso, con prolijidad y en pocos segundos.
En el interior del sobre había una carpeta, que saqué y abrí de inmediato. Empecé a pasar los folios, uno por uno. Era un texto mecanografiado, no impreso, escrito con letras pequeñas, en un idioma que no alcanzaba a reconocer. Supuse que se trataba de una novela, porque pude identificar los guiones que conformaban las réplicas de los diálogos entre los supuestos personajes que participaban de la narración. Además, estaban los acápites de los capítulos, con cifras en números arábigos. 
Lo curioso de todo esto era la falta del nombre del autor. Sin embargo, parecía un texto narrativo, y el título, que iniciaba el primer folio, estaba en letra destacada con negrita. Todas esas características hacían que el manuscrito tuviera una marca particular. 
Fue algo extraño: semejante entrega no produjo en mí ninguna inquietud ni turbación, sino la expectativa propia de quien tiene un arcano en frente, y que se le presenta como un desafío.
Tampoco me pregunté quién me lo había enviado. Preferí no indagar, en ese momento. Lo que me atraía, en realidad, era el significado del manuscrito. 
Lo dejé sobre el escritorio. 
Aunque traté de regresar a mi rutina, me di cuenta de que su misterio no me había dejado tranquilo. Pasé toda la mañana intentando retomar la escritura de mi novela, pero los esfuerzos se vieron frustrados por la atención que el manuscrito captaba de mí. 
Pasaba las páginas, una tras la otra, sumido en el intento por descifrar el secreto que encerraba esa escritura. Miraba los caracteres, las formas de las letras, las extensiones de los párrafos, las distancias entre un punto y otro; trataba de descubrir si había palabras destacadas con otro tipo de letra. Era lo que podía hacer en esa primera etapa exploratoria, antes de avanzar con la lectura del texto. 
Permanecía en esa especie de paroxismo textual, de ilusión casi literaria, cuando pensé que podría hacerlo traducir, aunque fuera parcialmente, para conocer el contenido. Acaso me estaba privando de una obra excelente y, por ignorar el idioma, no tenía acceso a ella. 
De todas maneras, mi novela seguía siendo mi prioridad. 

 

Teobaldi, Daniel

Los espejos vacíos / Daniel Teobaldi. -1a ed.- Villa María: Apócrifa, 2017. 162 p.; 22 x 14 cm.

ISBN 978-987-46207-1-2

1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863