Glorio, Weto y Vladimir - Guillermo Suaya

Guillermo Suaya
Nació en Catamarca el 22 de noviembre de 1949. A los 18 se recibió de maestro en esa provincia, donde se desempeñó, algunos meses, en calidad ad honorem. Trabajó en Tucumán, Formosa y en el chaco salteño con niños aborígenes y criollos.
Al jubilarse realizó una intensa labor como maestro integrador en Río Tercero (Córdoba) donde expuso sus experiencias en casi todas las escuelas, colegios y establecimientos de los pueblos vecinos.
Su primer libro se publicó en 2014: “mis queridos alumnos del monte”.

 

Guillermo Suaya continúa el camino trazado en “Mis queridos alumnos del monte”, su libro del 2014, en el que nos contó acerca de la tarea docente desempeñada en el monte del chaco salteño, con las comunidades wichis y criollas.
En esta oportunidad nos ofrece el relato de tres historias que tienen como protagonistas a niños de diversas procedencias y con disímiles características. Glorio, un criollo picarón que se burla hasta de su propio nombre; Weto, representante de la comunidad wichi que, a pesar de la dificultad para comunicarse en el idioma, se las ingeniaba para comandar a los demás; y finalmente, Vladimir, un niño especial que con parálisis cerebral y silla de ruedas demostró que con esfuerzo y ganas se consiguen las cosas.
El maestro Suaya nos deleitará con las travesuras de estos pequeños personajes que ha tenido la dicha de cruzarse en su camino. En un escenario agreste, un sinfin de anécdotas nos harán reflexionar sobre otras realidades y nos pondrá a repensar la nuestra.

Darío Falconi
(texto de contratapa)

 

Glorio

Trabajar en el monte del Chaco Salteño, fue una experiencia única, inolvidable, un lugar abstraído del mapa socio–político–económico y humano de mi querida patria.
Yo, que tuve la oportunidad de recorrer diversas provincias, haber nacido en Catamarca, criarme junto a 5 hermanos en la provincia de Tucumán, donde mi madre fue maestra en Los Sarmientos, un pueblito muy lejano y pobre, con compañeritos hijos de peones golondrinas, de Santiago del Estero, de Bolivia con sus manitas curtidas, heridas por la “jana” de la hoja de la caña de azúcar, peladas a mano, que no sentían del frío, de las crueles heladas, pobres mis compañeritos. Yo tenía la gran fortuna de contar con guantes, aunque de lana, que igual se sentía el frío, ellos de una carencia total, parecían no sentirlo. A veces les prestaba, “pero, un ratito”, ¿no? Les decía. 
Me recibí de maestro normal nacional a mis 18 años, en la provincia donde nací y me desempeñé Ad Hoc en los cerros de Ambato durante 6 meses, luego un año en una escuelita de los cerros tucumanos, “Monte Bello” junto a mi hermana Teresita, y pasar 4 años en la ciudad de Córdoba y más tarde en la provincia de Formosa, con mi hermano Víctor, con niños guaraníes, encontré en la provincia de Salta un lugar increíble, único, que quedó por siempre grabado en mi corazón: el Chaco Salteño. Allí todo es distinto: el clima, su gente, su flora, su fauna. Conviven dos idiosincrasias totalmente opuestas: La comunidad aborigen, o nativa o de los pueblos originarios, de diversas etnias: wichis, tobas, chulupíes, chorotes, guaraníes, y los criollos. Aquellos de milenaria existencia. Estos, de unos 150 años más o más de arraigo. La primera con su ancestral cultura y forma de vida. La segunda forjando su presente, creando la propia. Los nativos viviendo en sus chozas construidas la mayoría de paredes de yuyos y techo de yuyos y tierra, y piso de tierra, en comunidad compartiendo su pan y su vida, tan desprotegidos, tan aislados que la tristeza se apoderó de mi ser. Los criollos, situados donde consideraban mejor su estadía, en “puestos”, aislados unos de otros por leguas, dos, tres, o más, criando sus animalitos: cabritos, lechones, ovejas, vacas, etc. Y el caballo, su medio de transporte. Sus ranchos se diferencian de los nativos por sus paredes de adobes y de una o dos habitaciones. La cocina es un espacio construido al igual que su rancho, pero con solamente dos o tres paredes, sin que lleguen al techo para permitir la entrada o salida del aire, ya que allá se cocina con leña. También una “patilla”, o sea un fogón o mesada de adobes. A veces cuelga del techo una cadena y un gancho de donde pende una olla. Otras un aro con 3 patas donde calza la misma. A su lado otra construcción similar para bañarse. Aparte un baño excusado o pozo ciego. 

 

Suaya, Guillermo
Glorio, Weto y Vladimir / Guillermo Suaya. -1a ed.- Villa María: El Mensú Ediciones, 2018. 136 p.; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-4189-49-3
1. Narrativa Argentina. 2. Relatos. I. Título.
CDD A863