En la atmósfera - Daniel Moyano

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“la Cantata y En la atmósfera, son los mejores textos que he escrito.”

Daniel Moyano

 

DANIEL MOYANO

Nació en Buenos Aires el 6 de octubre de 1930, pasó su infancia en Córdoba (Argentina) y finalmente se instaló en La Rioja donde se desempeñó como profesor de música e integró el Cuarteto de Cuerdas de la Dirección de Cultura. El grueso de su obra literaria sería escrito en esa provincia.
En la última dictadura militar argentina fue encarcelado en 1976 y, poco tiempo después de ser liberado, se exilió en España. En el viejo continente fue obrero en una fábrica de maquetas y, posteriormente, ejerció la crítica literaria para el diario El Mundo.
Falleció en Madrid el 1 de julio de 1992 dejando una vasta obra que, a cuentagotas, vuelve a editarse.
En la atmósfera es la nouvelle que Moyano consideró “mi mejor texto”; este título le da nombre a nuestra colección de obras narrativas.

 

Ahí te dejan, dando vueltas en el jardín amurallado. Y cuidado con salir, los ríos serranos en verano son terribles. Además del peligro permanente de ahogarse están las crecientes imprevistas. Uno apenas ha dejado de oír la trepidación que deja en la tierra la cabalgata que se va, cuando ya está solo dando vueltas por senderos que siempre terminan contra las paredes incitativas. Así la familia puede veranear tranquila, no hay peligro de que los chicos se ahoguen en el río. Pero antes de irse han hablado con la vecina que te vigilará de vez en cuando. Entonces viene la Tula. Ella te cuida y es más cierta que todo; produce placer y alegría. En realidad se trata de un permiso especial para jugar con ella. Es el premio si uno no se escapa. Y tras ella llegan otras formas vivientes; todos amurallados bajo nubes y lloviznas. Maqueta, utilería, puro cartón pintado. La obra ha comenzado, mejor dicho está por terminar, y ya nadie puede modificar el argumento. Estamos en la atmósfera, que obliga a existir o a resistir a plantas o animales.
Ellos son las caras extrañas que aparecen cuando se va la cabalgata, los maestros desconocidos que a su capricho te harán un hombre, es decir, un adulto, esa fijación compulsiva, ese tomar la vida a la tremenda, por qué no poder quedarse en los diez años o en el sueño por ejemplo. Y antes de que uno pueda presentir esa posibilidad aparecen la Tula, el señor Palcos, la Tununa, el señor Hidalgo, las Pecosas y Gretchen; cada uno con su cara para siempre, aparecen las sanguijuelas llamadas choncacos que se pegan en las piernas cuando uno cruza el río, o uno se pega a ellos, quién lo sabe. Cualquier cosa es posible cuando se han ido todos en una cabalgata y te han dejado solo en una casa grande, todo es posible a la hora de la siesta solo con Tula en una casa sola. 
Ellos estaban ahí cuando uno iba entrando como podía en esa epifanía delirante que Tununa llamaba “la vida”. No sé si debo decir “delirante” así, tan a la ligera, pero es algo como eso. Lo que pasa es que hoy me levanté con ideas turbias, llueve en Madrid como en un tango, por la ventana de esta bohardilla se cuelan las gotas como gatos friolentos, y hurgando hurgando me doy cuenta de que me los he traído aquí a todos ellos.
Hay demasiado choncaco en los ríos de la Córdoba de allá. Si uno al cruzarlo se demora más de lo debido se pegan en las piernas. No duelen: tienen una baba que adormece la piel. Cuando uno llega a la otra orilla se da cuenta pero tarde, ya están metidos en la carne. Y es difícil sacarlos; se rompen, siempre queda una mitad adentro. Hurgando hurgando los encuentro en Madrid, absurdos como la mayoría de los objetos que trajimos de allá, inútiles aquí. Absurdos como la palabra choncaco, que suena como a destiempo.

Ellos estaban allí, definitivos y puntuales, cuando se fue la cabalgata y empezó todo esto. A ver entonces si recordando la entrada en la atmósfera uno puede entender algo de algo en el parque cerrado, lo absurdo de un jardín amurallado y las lejanas cabalgatas y el río donde es posible ahogarse. Jugando con la Tula uno se distrae, aunque las murallas no se muevan. Cosa importante entonces poder comprender algo de este barullo en medio de un estruendo. Después de todo es razonable que estén aquí conmigo: Madrid bajo la lluvia se parece a un jardín amurallado. Alguien habló con la vecina y entonces la Tula apareció otra vez con todos los demás, la familia puede veranear tranquila, no hay peligro de que uno se ahogue en estos otros ríos.
Entrar en la atmósfera es cruzar todos los días un puente de madera sobre un río espasmódico inventado por las crecientes, irse por la calle de tierra y al final encontrarse con Tununa. Muchacho, hay que ganarse la vida. Tus obligaciones son limpiar, barrer, matar las moscas y armar cajas de cartón en ese sótano para guardar los frascos de dulces y jaleas porque así es la vida, dijo Tununa sin pausas en medio del salón de ventas. Néctares y dulces de todo tipo para los miles de turistas que llegaban de Buenos Aires todos los veranos, alquilaban caballos y compraban dulces y alfajores regionales que enviaban por correo a la metrópoli. Y al año siguiente uno iba cruzando el mismo puente pero ya no había río, cambiaba de curso con las crecientes. La gente seguía usando por costumbre puentes solitarios, hasta que, podridos, se caían.

 

Moyano, Daniel
En la atmósfera / Daniel Moyano; ilustrado por Emanuel Omar Falconi; con prólogo de Pablo Heredia. -1a ed.- Villa María: El Mensú Ediciones, 2012. 76 p. : il. ; 21x15 cm. - (En la atmósfera; 7)

ISBN 978-987-1894-01-7          

1. Narrativa Argentina. 2.  Novela. I. Falconi, Emanuel Omar, ilus. II. Heredia, Pablo, prolog.
CDD A863