El otoño de la pareidolia - Los miedos

Los Miedos

Los Miedos son:
Javier Páez
Alexis Galfré
Juan Daghero
Luciano Morresi

 

Prólogo
Mi padre era un perverso que escuchaba muy buena música. Como los nazis. En esa época (estoy hablando del año 1965) mi viejo tenía un comedor en Calchín. Los clientes, después de cenar o almorzar, pasaban a un pequeño salón, donde había un combinado. Medía como cuatro metros de largo. No recuerdo de qué marca era, pero sonaba como los dioses. Ahí escuché una música maravillosa, increíble, inolvidable: Gardel, Aníbal Troilo, Osvaldo Fresedo, De Angelis, Yupanqui, Los fronterizos, Ariel Ramírez... Tenía 5 años y ya sabía lo que era bueno. Intuición que le dicen. Recuerdo que me acercaba lo más que podía al combinado. A veces de espalda y otras de frente. Sentía que la música me atravesaba. Eran como rayos. Rayos que me curaban. Siempre había un boludo que decía: “Pibe, salí de ahí que te hace mal a los oídos”. Me apartaban de ese lugar mágico. La música no solo se escucha con los oídos. Eso lo aprendí de niño.
Con el tiempo mi padre se fundió. Nos remataron todo. Nos fuimos de Calchín. Vivimos en diferentes localidades de la provincia de Córdoba. Yo extrañaba el combinado, los discos... Me tenía que conformar con la radio, pero en esa época pasaban una música de mierda: Palito Ortega, Leo Dan, Donald, etc. Qué asco. Al único que escuchaba con placer era a Leonardo Favio.
Cuando empecé a trabajar de peón de albañil me compré un pasacasettes. En esa época (como ahora) me gastaba toda la guita en música, libros y vino. Ahí empecé a escuchar rocanrol. Me voló la cabeza. Uno no es el mismo después de escuchar a los Beatles, Pink Floyd, Spinetta, Charly, Led Zeppelin, The Who, etc. Lo mismo me pasó cuando leí a Kafka, Salinger o Dostoievski. Algo cambió para siempre.
Pasaron los años. Tengo 58. Cada día amo más el rocanrol. No escucho cualquier pavada. Soy muy exigente. Por eso escucho a Los Miedos. Cuando tocan en vivo o escucho sus discos, me acerco. Me pego a su música. Me dejo atravesar. Como cuando era un niño.

Gustavo Borga

 

Estados

Llueve a una hora incierta, que desconozco por deseo propio. 
No traje reloj. Nadie me espera. 
Entonces, fue que salí, por el sólo hecho de decir, de proclamar, que salí. Porque en realidad, el afuera constantemente me tuvo dentro. 
Anoche habíamos hablado de un amigo que vive lejos e hicimos cálculos de horarios, para imaginarlo de día en algún antro escandinavo. También hicimos comentarios inútiles sobre el clima, las estaciones del año, y nos reconocimos más viejos. Y después, no sé muy bien cómo, derivamos en distintas series americanas y nos establecimos como perpetuos pregoneros de banalidades.
Y para cuando la resaca comenzaba a unirse con la próxima borrachera, escuchamos el disco de una banda que nadie conocía. Y por un par de minutos, estúpidamente, nos sentimos exclusivos. Los mejores del rebaño.   

Estados, confusos
perfectamente en curso
estados, donados
perfectamente dados…

Estado confuso
perfectamente siempre todo, todo en curso.
Estado buscado, hallanado, 
perfectamente todo, todo, dado.

¡Estados, vos y yo!
Perfectamente en curso
¡Estados, vos y yo!
¡Perfectamente!

Estados, buscados
perfectamente dados,
estados confusos
perfectamente en curso.

Estados buscados
perfectamente siempre todo, todo dado, 
estado buscado, caído, siempre, siempre, 
todo acomodado!

 

El otoño de la pareidolia / Javier Páez ... [et al.]; ilustrado por Dario Doñate Alvarez; prólogo de Gustavo Borga. -1a ed.- Villa María: El Mensú Ediciones, 2019. 50 p. + CD-DVD: il.; 22 x 14 cm.

ISBN 978-987-4189-91-2

1. Canción. I. Páez, Javier. II. Doñate Alvarez, Dario, ilus. III. Borga, Gustavo, prolog. 
CDD 782.42